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Por María Consuelo de Lleras
Soy madre de tres hijos cuyas edades y formas de ser son bastante contrastantes. La verdad es que no pretendo hablar de los tres pero les puedo decir que he pasado del más hiperactivo (compararlo con un huracán es lo más acertado que se me ocurre) al que tiraba la piedra y escondía la mano (hacía todas las travesuras posibles pero tenía una cara de ángel que uno se sentía culpable sólo de pensar siquiera en acusarlo), hasta una chipilina de casi cuatro años que pasó de ser la más tímida y asustadiza, al ser más sociable, de suerte que ahora parece una reina de carnaval por la calle diciéndole “hola” y “adiós” a todos aquellos seres que se le atraviesen en el camino.
Al caso de mi hija quiero referirme. Hace tan sólo un año y un mes (justamente) mi pequeña de ojos negros grandotes y pelo ensortijado se escondía detrás de mí cuando notaba que alguien quería saludarla o acariciarla y se ponía furiosa si el intento iba más allá de hablarle, es decir que ni caricias ni frases amables eran halago para ella.
Quizá podía ser un poco más cálida si el “extraño” conservaba una prudente distancia de más de dos metros y tenía a su mamá al alcance. Entonces tal vez dijera “buenos días” o aceptara un caramelo con un casi inaudible “gracias”.
Comenzó su salida al escenario
Una vez que entró al preescolar, cuya rutina le llevó un mar de lágrimas y un mes asimilar, empezó a darse un cambio prodigioso en ella: poco a poco fui notando que de repente y al escuchar música, en un centro comercial, por ejemplo, ella sin más ni más comenzaba a bailar un rudimentario ballet en puntillas y con toda la gracia de la que es capaz una niña de casi tres años. Si la gente la miraba (¡y por supuesto que lo hacían!), ella simplemente decía “estoy bailando ballet” y seguía tan campante. Yo me hacía la loca mirando las vidrieras…
Luego comenzó a saludar a la gente en cualquier lugar y a contarle a quien le dedicara dos minutos de atención, que tenía… (“¿cuántos años tengo mami?”), que su mejor amigo se llama Santiago y que a media mañana le habían dado yogurt con cereal en el colegio.
Su cambio radical ha sido impresionante, por decir lo menos. Todas las noches leemos libros así que su vocabulario se ha enriquecido hasta el punto en que sus conversaciones incluyen expresiones como “estoy de acuerdo” o “por favor déjame sola que necesito pensar”.
Está muy interesada en la anatomía y, en consecuencia, tengo que decirle por lo menos 10 veces al día dónde están su vejiga, hígado y corazón y responder a su pregunta: “¿Mami, cómo es que se llaman esas tres cosas que tengo en las orejas”? y yo contesto, “yunque, martillo y tímpano”.
Un reciente domingo acompañamos a su bisabuela y abuela a la misa de las 5 de la tarde y allí sucedió algo que me enterneció sobre manera.
Llegamos temprano y como ella quiere ver al sacerdote “de cerca”, nos sentamos en una de las bancas próximas al púlpito, en la orilla para no molestar a nadie pasando por encima de sus puestos.
Decirles que le pone atención a la misa sería mentirles pero si puedo contarles que cantó a pulmón abierto y que, casi al finalizar el oficio religioso, al momento de darse el saludo de paz unos a otros, ella saludó a los suyos (sus dos abuelas y mamá) y luego dejó la banca para dedicarse a darle la mano a todas las personas que estaban a la orilla de bancas similares, desde la inmediatamente posterior a la nuestra hasta la última diciéndoles “la paz sea contigo”.
Fue un gesto hermoso de una niña a la que le faltaba un mes para cumplir cuatro años pero inusual en un pequeño de su edad.
A la salida de la misa, muchos de los “saludados” por mi hija nos dedicaron la mejor de las sonrisas (yo, orgullosa como pavo real y ganando indulgencias con rosario ajeno).
Mi mejor premio como madre orgullosa vino cuando un señor se me acercó a decirme: “La felicito, usted tiene la hija más linda del mundo”.
Menos mal que nadie la ha visto regar el cereal, coger lombrices secas (¡mira, mami, no hacen nada!”) o llorar a mares porque ya no encontramos en internet juegos de Mickey Mouse con la suficiente capacidad para divertirla.
Ella saca sus mejores galas a la calle, incluyendo su ternura y solidaridad. Ahora ya no tengo que “arrearla”, mi trabajo es “atajarla” pero soy muy feliz con esta nueva misión. |