| |
|
Javier tiene tres años y medio y un hermanito de 14 meses. Su mamá está embarazada y apenas tiene tiempo para atender las necesidades de sus dos hijos y las demandas de atención y descanso que exige su estado y su papel de esposa. Aún así siempre saca un momento para mimarlos, abrazarlos y decirles que los quiere mucho, pero tantas ocupaciones son demasiado para ella.
Javier trata de buscar refugio en su papá pero éste, al volver del trabajo, sólo tiene tiempo para leer el periódico, ver la televisión o dormir. Más de una vez el pequeño lo invita a jugar o a leer un cuento e, invariablemente, se encuentra con respuestas como “hoy no, estoy cansado”, “ve a jugar a tu cuarto” o “¿no ves que estoy ocupado?”…
Javier ha hallado la forma de gritarle a sus papás que él está ahí y necesita su atención: rompe cosas, grita, despierta a su hermano, desordena su habitación, siempre tiene sed o hambre y vomita la comida alegando que no le gusta. Papá lo regaña, lo castiga, le grita, le da nalgadas… ¡Bingo! Javier encontró la fórmula de captar su atención.
Algunos niños tienen que mostrar ante sus padres un repertorio excesivo de diversas conductas, en ocasiones adecuadas y en otras no, para que éstos le presten atención.
Lamentablemente muchos padres cubren todas las necesidades de sus hijos –alimentación, instrucción académica, vestido, juguetes etc.–pero nunca tienen tiempo para jugar juntos, divertirse, demostrarse amor o leer un cuento antes de ir a la cama.
Cuando el niño exhibe un comportamiento que algunos padres califican como adecuado– es decir, juega solo, no interrumpe las actividades de los mayores, ve televisión, “apenas se siente”, etc; ellos consideran que ésta es la situación ideal. Es más, muchas veces se puede escuchar entre papá y mamá expresiones como “ni le hables, porque entonces nos va a interrumpir”.
Por el contrario, cuando el niño muestra comportamientos que los padres consideran inadecuados, no tarda en aparecer el castigo, la sanción, duras palabras en relación a lo incorrecto de sus acciones y, en ocasiones, señalamientos de lo cansados que se encuentran de que “SIEMPRE SE PORTE MAL”. La atención es permanente e inmediata.
“Mírenme, soy el más travieso”
¿Qué mensaje está recibiendo el niño? Para hacerse notar y que sus padres le presten atención, es necesario que su comportamiento se torne inadecuado. Sus malas conductas están siendo reforzadas, por lo cual se incrementa la probabilidad de recurrencia en el tiempo. En cambio los comportamientos adecuados pasan en muchas ocasiones desapercibidos, no reciben atención, lo cual deriva en que la expresión de éstos sea menos probable.
Sólo reprimendas
A toda esta situación se suma el sentimiento de inadecuación que se va apoderando del niño, ya que si bien los comportamientos incorrectos llaman la atención de sus padres, ésta se manifiesta en castigos, regaños y/o señalamientos desagradables. Asimismo cuando el niño “se porta bien”, no es tomado en cuenta, y, más aún, es ignorado ¿Cuál es el resultado? un niño con una autoestima muy baja, inseguro de sus capacidades y con problemas de conducta.
El pequeño aprende a interactuar con su entorno a través de comportamientos que socialmente no son aceptados, lo que, al salir del entorno familiar, le ocasiona rechazo de sus amigos y compañeros.
La situación se va enredando en un círculo vicioso en el que cada vez el niño muestra más y más fallas de conducta, única herramienta que tiene a disposición, en su afán de ser tomado en cuenta. Sin embargo, lo que obtiene es el rechazo y aislamiento de parte de su entorno familiar y social.
La historia se repite
En la historia de adultos con trastornos conductuales, adicciones, dificultades para hacer y conservar amigos y/o establecer relaciones sentimentales estables, etc., se encuentra, generalmente, que fueron niños ignorados y rechazados. En consecuencia se hicieron a un repertorio conductual inadecuado para interactuar con su entorno, ya que era el único comportamiento funcionalmente efectivo para ser tomados en cuenta por sus seres queridos.
¡Dale afecto a tu hijo!
• Los niños necesitan sentirse seguros y queridos constantemente, así como saber que forman parte de una familia unida.
• El niño debe llegar a sentirse responsable de lo que pasa en su vida. Eso sucederá si su autoestima es potenciada diariamente. Lo ideal es instarlo a que evolucione, valorar sus esfuerzos y alimentar sus ilusiones.
• Los padres son seres humanos con aciertos y equivocaciones. Si compartes con tu hijo el día a día –aunque sea poco tiempo–, sabrá que, aunque no siempre haces lo correcto, el amor mutuo es incondicional.
• Para evitar que el niño se sienta solo e ignorado es bueno participar de sus juegos, permitiendo que sea él quien los dirija y alabando su creatividad. Él debe saber que papá y mamá trabajan porque son responsables de la manutención del hogar y que también se sienten mal por estar lejos muchas horas, pero también estará seguro de que tendrán un rato para dedicárselo sólo a él.
• Un niño ignorado constantemente por sus padres crecerá sintiéndose inseguro y, probablemente, será muy agresivo y excesivamente dependiente. El resentimiento que experimenta por sentirse tan solo podría hacer que se rebele y se vuelva violento o quizá se retraiga tanto que se abstraiga del mundo y se encierre en uno propio. Aquellos niños que en el colegio, por ejemplo, se relacionan con otros muy pequeños o demasiado grandes con respecto a su edad, están buscando fuera de casa suplir sus carencias de proteger y ser protegidos porque se sienten indefensos. |